miércoles, 7 de julio de 2010

Reseña personal de Juan Corazza

Tengo la fortuna, desde hace varios años, de mantener gratificantes conversaciones con Rubén Canelo. Soy su amigo y siento su amistad. Esto puede invalidar un juicio crítico sobre su obra, aspecto que por otra parte no me corresponde y del que innumerables artistas se han expedido. Paralelamente, sus más de 50 años con la pintura son muestra irrefutable de una trayectoria que ha marcado de manera indeleble el arte gestado en nuestra ciudad. Y trascendido generosamente la misma.
Estas charlas, me han permitido, creo, internarme en el pensamiento de un creador inagotable, sus preguntas, reflexiones, todo lo que transforma en sugestivas imágenes.
Y nuevamente Rubén nos asombra, nos conmueve con su producción, creando arte sin siquiera pensar en el arte. Estimo que tampoco piensa en el receptor, los que sumidos en el diario trajinar corremos sin tener en claro los motivos de tamaño apuro.
De lo que no quedan dudas, es que nos enfrenta, abruptamente, frente a la incógnita del cosmos, “el orden” para los antiguos griegos, que no era más que una proyección de la polis en el universo.
El cosmos; nosotros, débiles e insignificantes criaturas y el misterio que genera preguntas con inciertas y difusas respuestas, conjunción que Rubén profundiza, patentizando nuestra precaria condición.
Percibo que trata de tender un imaginario puente, donde ante cada una de las obras podemos comprender nuestra fugacidad, perentoriedad, buscando desentrañar aquellas cosas que están como durmiendo dentro de uno, especie de archivo de imágenes que cobran vida ante “sus” imágenes.
El hombre construye la historia y es a su vez un producto histórico, transformando la realidad y siendo transformado por ella. Heidegger hablaba de la sociedad y se refería a la planta social que crece de determinadas maneras según los suelos. Decía que el arte es eso. Es la flor de la planta social que en cada lugar tiene características particulares y responden a todo lo que es esa planta.
Rubén, como sujeto del que hablábamos más arriba, se nutre y a su vez alimenta esa planta, y ya nadie puede dudar: su Obra es una de las partes de esa flor.
Nos susurra a través de su creativa labor. Su satisfacción, advierto, es cuando alguien se ha detenido frente a uno de sus trabajos y al retirarse atisba en su mirada –como agudo observador que es- las sensaciones nuevas que habitan ese ser, y alimenta con ellas su intransferible individualidad... y la planta social de la que es parte integrante.



Lic. Juan R. Corazza

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