miércoles, 17 de agosto de 2011

Todo lugar

Empezó a dibujar con un palito en la tierra, en el patio de su casa. Hasta que encontró fragmentos puntiagudos en las bolsas de carbón, y entonces siguió por las paredes. Y luego, algunas hojas. Y después de algunos inviernos, fue andando por la ciudad pincel en mano. Pintó los fantasmas y las musas. Los misterios y las revelaciones. Los miedos y los amores. Lo que se dice y lo que hay debajo. Lo que no se espera. Lo soñado. Lo temido.

Dejó universos naciendo en las calles de la ciudad. Un llamado contínuo a agudizar la mirada, a expandirla.

“Si el arte no cumple una función social, no tiene sentido. Todo lugar es hábil para generar una cultura de observadores”, dijo cuando empezaba a preparar Naufragios. Y es verdad, su trazo es irrepetible. Tan cierto como la cualidad despierta del arte.

Como en aquellos cuadros de navíos hundiéndose que Rubén Canelo terminó de pintar justo antes de irse, en su partida algo sucumbe y algo emerge. Lo que se conmemora el 17 de agosto, no es un año de la muerte del hombre que fue. Es más bien el tramo inicial de la eternidad de su obra. Las huellas en la historia, los sentidos inconmensurables que seguirá creando. En mundos privados, en muros citadinos. Y más allá. Y más acá.

Una lúcida convocatoria en cada línea.

Imágenes: pinturas inéditas de la colección Naufragios.

Texto: Virginia Beccaria Canelo

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